Después de dos semanas frenéticas (¿quién dijo que el segundo trimestre era más relajado?) con deadlines (EE; World Lit., Chinese Studies coursework, Maths portfolio, Bio Drosophila lab, Spanish oral, English orals…) y European Cultural Evening de por medio (región Mediterránea y decoración para la cena), entrevista para Princeton, reencuentros con amigos, pocas horas de sueño, 5-6 horas cocinando entre ayer y hoy (la cena ha sido un éxito: gazpacho, tortilla de patata, morcilla, queso de oveja, chorizo, vino –reserva del 99-, ensalada y un soberbio –y no porque lo haya hecho yo y sea mi primera vez- arroz con leche… para 12 personas), reuniones (AIDS orphans, Spanish buddies, Graduation committee, ECE…) y muy pocas horas de sueño… me encuentro con que esta noche, después del amigo secreto latino (es decir, la versión latinoamericana de nuestro “amigo invisible” – uptdated: ha estado bastante bien, por fin nos hemos juntado todos, aunque sí se notaba que alguno allí “no pintaba nada”, como Alonso y Carmen, a Julio, el mechero ni fu ni fa –creo- a mí me ha regalado Carmen –chocolate suizo- bien, si no hubiese dejado escapar el comentario de que “yo era de SU país por mucho que se lo discutiera), me puedo ir a dormir, porque mañana mi única clase es español, a las 7:30. Después, espero contar con suficiente fuerza de voluntad para sentarme y ponerme a escribir sobre la implantación de la política del hijo único en China… crucemos los dedos.
Lo que sí quería hacer ahora es una reflexión (con un poco de tiempo de por medio) sobre mis navidades. Me las tomé de manera tan relajada como pude, aunque tuve algún agobio con las aplicaciones de las unis… estuve trabajando en ellas de manera inconstante. Lo que más me hartó fueron las traducciones (declaración de la renta, notas, nóminas…). También me estresó un poco el hecho de que tenía que mandar muchas cosas a través de Internet (desde casa de Bego) y coincidíamos poquito antes del 1 de enero. Pese a las prisas y demás, pasar tiempo con ella y con Juanjo fue genial: estoy súper cómoda y relajada con ellos y, en cierto sentido, me proporcionan un escape de la “vida en familia”. No se me malinterprete: me encantó volver a estar en casa, con mis padres y mi hermana… pero aún así hay determinadas cosas de la convivencia, del día a día, que no soporto. Como le contaba a Bego, cada vez que vuelvo a casa me doy cuenta de que llevo 4 meses sin que nadie me grite, sin escuchar ninguna discusión que incluya términos ofensivos, sin gritar yo misma… cosa que en casa es el pan de cada día. Casa. Ahora empiezo a pensar en mi cuarto cuando digo “casa”. En la misma medida que en “mi” casa española. ¿Es mejor tener una sola “casa” (ciudad/grupo de amigos/costumbres/idioma…) que lo signifique todo para nosotros, o tener varias que son muy importantes pero no predominan una sobre la otra? En fin, hay determinados aspectos de mi familia que odio (y lo digo sin miedo y con plena consciencia de las implicaciones de la palabra), y siempre supe que, en cuanto tuviese oportunidad, me “iría” de casa (no en plan negativo con nadie, simplemente, viviría en otro lado…). A veces me asusta cuánto me parezco a mi padre (el lado negativo, se entiende). También es curioso que ese lado negativo, hasta ahora, sólo es capaz de sacármelo él. Un episodio de estas navidades que probablemente recuerde por mucho tiempo (por desgracia), fue el de la noche de reyes. Pasé un día genial: por la mañana quedé con M. Carmen, años hacía que no nos veíamos. Le puse al día, y ella a mí. Hice alguna compra de navidad y quedé con Marta un ratillo. Después, me pasé a ver a Nut a su casa y a que de paso me dejase sus apuntes de sele. Por la tarde-noche estuve en casa de Bego, viendo “Old boy”. Me regaló un cojín antiestrés. Hablamos de los libros de nuestra niñez, sorprendentemente (sobre todo para ella, supongo) los mismos… sin darnos cuenta nos dieron las 11 de la noche. Vinieron mis padres a buscarme, y también Vio. En el coche, el ambiente estaba tenso, yo pensé que mi padre, en uno de sus arrebatos, se había cabreado conmigo por tardar en bajar, o algo así. Cenamos. Nada más sentarnos a la mesa empieza la discusión, con una estupidez, para variar: mi padre pregunta cuántas gulas quiere mi madre y ella contesta con algo –no recuerdo qué- ambiguo. Se armó la gorda. Reproches por aquí, trapos sucios por allá… Vio se va, le hacen volver, se la pasan uno al otro cual arma arrojadiza, que si escucha esto, que si déjala que se vaya, que si hace mucho que no hay nada entre nosotros, que si estoy harto de esta familia. Yo, comiendo todo lo rápido que puedo y mirando al plato. Fijamente. Dan a entender (o intuyo yo) que hace mucho que han “hablado” de separación pero que (supongo yo) no lo han hecho por nosotras, que no se soportan el uno al otro, etc. Me pregunto si cuando se casaron (por supuesto, de penalti, mi madre embarazada de servidora) se plantearon que la cosa quizá no funcionase. Cuando voy a marcharme, mi padre me suelta que yo qué opino. En ese momento opinaba que, tengan los problemas que tengan, no tienen ningún derecho a hacernos testigo de sus discusiones al respecto, eso es algo entre ellos y, pese a que sabemos que no existe nada ideal/perfecto y en eso se incluye la familia, no tenemos por qué ser zarandeadas de un lado a otro como armas para hacer daño al otro. A nosotras también nos duele. Eso opinaba, pero, al borde de las lágrimas y rebosando amargura, lo único que me salió en aquel momento (inapropiado, lo sé) fue un “por mí como si os matáis el uno al otro” (o algo así). Resultado: furia paterna enfocada directamente en hija primogénita. Salí de allí tan pronto como pude. Mi padre se fue a dormir, mi madre nos juntó a mi hermana y a mí (ambas dos reluctantes, bastante teníamos con lo que teníamos para soportar charlita…) para decirnos que nos quiere mucho y que perdonásemos el habernos visto en medio de fuego cruzado. Después, empezó a contarme a mí sus razones, sus penas y demás… se me partía el corazón cuando me dijo que necesitaba desahogarse pero tuve que decirle que su hija no era la persona más adecuada para hacerlo. Si por mí fuera, abogados, división de bienes y cada uno a su casa. A mi madre le retiene el hecho de que se derrumbaría si eso pasase: mi padre la ha anulado en muchos sentidos, de tal manera que ahora sus apoyos serían o la familia (a la que, por diversas razones, le costaría acudir, aunque sabe que cuenta con su apoyo) o alguna de sus viejas amigas con las que –escasamente- habla o queda un par de veces al año. Ahora, sale con el grupo de amigos de mi padre (al que por cierto no tengo mucho aprecio, y no de manera infundada, sino porque han demostrado muchas veces cierto odio –supongo que basado en la envidia- hacia mí en particular…), y su vida pasa entre el hospital y las cosas de casa. El centro de su vida (creo) son sus hijas, y le duele en el alma tenerme tan lejos y que demuestre tanta (desde su punto de vista, la realidad estará en un término medio) indiferencia hacia lo que he dejado atrás. Se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que me escribe (sí, ha aprendido a usar el ordenador sólo porque sirve para mantenerse en contacto conmigo) y me cuenta cómo cuida mi cuarto, lo limpia, lo prepara (¡ya!) para cuando vuelva, entra a ver mis fotos… Lo cierto es que me da bastante pena, y otras veces ya me ha estado confesando cosas por el estilo, pero simplemente en ese momento no hubiera podido aguantar una conversación de ese tipo, que siempre acaban entre lágrimas…
El día siguiente me recordó por qué odio tanto las navidades. Lo falso de abrir los regalos en casa, después de la batalla de la noche anterior. Sonrisas forzadas, actividad “que tocaba” sin remedio. Por primera vez en ya ni sé cuanto tiempo fui a misa. Sentí que me traicionaba a mí misma, y a la vez sentí que no podría enfrentar todo lo que supondría no ir. No después del día anterior y la noche en vela, no yéndome al día siguiente. En casa de mis abuelos debo admitir que mi padre se portó, escondiendo su malhumor y falta de predisposición detrás de su catarro y sin demasiadas intervenciones fuera de lugar.
Creo que ahora que ha pasado el tiempo el episodio de reyes fue el único que empañó las navidades. Salí bastante, un par de días por la noche (el primer viernes hasta las 5:30, en Nochevieja hasta las 6, en Reyes con los tíos hasta eso de las 2, cuando Vio empezó a sangrar por la nariz…), me sorprendió lo desorientados que pillé a mis padres en cuanto a reglas/limitaciones (y admito que aproveché la situación), los días que Tim vino de visita fueron un poco contradictorios (por una parte me daba la sensación de que en cierta manera estaba malgastando mi precioso tiempo, pero también fue reconfortante experimentar el reencuentro con alguien no tan cercano y ver como la simple experiencia compartida en el cole nos vinculaba tanto), pasé tiempo con la familia, primos, tíos y demás, no es lo más excitante del mundo pero reconforta en cierta manera recordar que siempre están ahí y que es un círculo en el que pocas cosas cambian. En cuanto a mi “círculo” de amigos, está demostrado que los “conocidos” no duran un telediario… básicamente están Nut (y mundo Nut, es decir, amig@s suyos, a algunos los conozco y a otros no), Marta y mundo-Marta y Bego. Más que suficiente, más de lo que en muchos momentos de mi vida hubiera imaginado y definitivamente más de lo que me merezco. También hay notas un poco triste, gente con la que sé que hubiese construido un vínculo importante de haberme quedado.
En resumen, excepto esa nota discordante del final, estas navidades han merecido la pena. Mucho más tranquila que el año pasado (memorable borrachera con Laura entre llantos por no querer volver), sabiendo lo que me esperaba y más o menos con mis objetivos claros. Las fiestas en sí (uvas, villancicos y demás) significan cada vez menos para mí, pero es una vuelta a mis orígenes y a la vida real que me viene muy bien. Dejar cosas atrás siempre es duro, y reconforta saber que algunas siempre estarán ahí para cuando una vuelve… también asusta pensar en la posibilidad de perder otras. Cambio, evolución. Mirada al pasado enfrentando el futuro. Esperanza. Proyectos de año nuevo: encontrar valor para decir a la gente que quiero que los quiero, o dejar de buscar excusas para no hacerlo.