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Dogville, de Lars Von Trier (29 agosto 2005)

Archivado en Taller de cine • Fecha: 26-08-2005 21:32:44



Lo que más sorprende al comienzo de la película es la estructura en capítulos, la existencia de un narrador y el hecho de que sólo una mínima parte de los edificios en los que se desarrolla el argumento, así como los objetos del interior de las casas, sean completamente visibles, de alguna manera reflejando la vida austera que llevan sus habitantes. También resulta curiosa la manera de filmar, ya que se advierten imperfecciones en la estabilidad de la imagen. Parece más bien una obra de teatro. Los contornos de las viviendas y los elementos más importantes del pueblo aparecen dibujados en el suelo, con líneas blancas. También están escritos sus nombres. Caseta del perro. Calle del olmo. Arbustos de grosellas.
Los personajes abren y cierran puertas invisibles, arrancan hierbas de jardines que no podemos ver y, sin embargo, esto deja pronto de resultar significativo, y llega un momento en el que lo aceptamos como algo perfectamente válido. Al fin y al cabo, lo que importa en la película son los personajes.
En un pueblo pequeño, una aldea, prácticamente, en el que todo el mundo se conoce, la vida sigue una rutina que ha existido desde siempre.
Cada uno de los habitantes del pueblo tiene sus manías, sus temores, sueños y esperanzas. Sin embargo, la apacible vida en el pueblo y el equilibrio que se ha creado a través de los años los conducen a un estado general de apatía. No le piden más a la vida porque temen perder lo que tienen asegurado.
Aparentemente, la única chispa de rebeldía parte del joven Tom, que se considera a sí mismo como un filósofo, a la par que instructor de masas y futuro escritor de renombre. Analiza con meticulosidad y rigor a todos los vecinos, aunque a mi parecer de una manera demasiado “científica”, sacando adelante todos sus argumentos con una lógica aplastante que, aunque no entre en su concepción del ser humano, no siempre puede explicar el comportamiento, los impulsos y los sentimientos del ser humano. Desde su arrogancia, se ve como el único capaz de sacar al pueblo de su apatía, y somete a sus vecinos a largos discursos, muchas veces incongruentes y mal preparados, que sólo son criticados por mantener la costumbre, sin pasión ni interés.
La tranquilidad del pueblo se ve alterada por la llegada de Grace, una joven, asustada, que busca refugio. La casualidad hace que Tom la encuentre y sienta el impulso de proporcionarla cobijo, quizá porque se siente atraído hacia ella desde el momento en que la ve. Ella cuenta que huye de unos gángsters que quieren matarla. Tom se pone automáticamente de su casa y mueve cielo y tierra para conseguir que el resto de vecinos acepten que se quede en el pueblo. Deciden que se quedará durante dos semanas, en una especie de período de prueba, y que si tras ese tiempo uno solo de los vecinos se opone a que continúe allí, Grace se marchará.
Tom, en su papel de confidente y protector, idea uno más de sus meditados y lógicamente plausibles planes: si Grace tiene que caer bien al pueblo, tiene que encontrar una manera de llegar a conocer a los vecinos, que ellos la conozcan y lleguen a apreciarla. Para conseguirlo, propone que la joven dedique una hora diaria a trabajar para cada una de las familias del pueblo.
Las circunstancias de la vida en el pueblo hacen que, en realidad, no se necesite a Grace. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que hay cosas que, aunque no necesitan, les gustaría que fuesen hechas, cosa que sus obligaciones diarias no les permiten. Grace acomete esas tareas de buen grado, ansiosa por obtener permiso para quedarse y escapar de lo que le amenaza, terrible para ella. Con su intuición, amabilidad y capacidad de observación y escucha, Grace llega a conocer a los vecinos bastante bien durante esos días, intuyendo sus necesidades más esquivas y dándoles en cada momento lo que necesitan. Los habitantes de Dogville, poco acostumbrados a recibir atenciones de la manera en la que lo están haciendo, acaban encantados con la joven. Consigue que todos, incluso aquellos que más reacios parecían, permitan que se quede.
A partir de ese momento, empiezan a pagar a Grace por su trabajo. Ella disfruta con el contacto humano que día a día establece, y va creando vínculos cada vez más fuertes con los vecinos. Vínculos simbolizados en las figuritas de porcelana que Grace, con el dinero que ahorra, compra poco a poco.
La tranquilidad no puede durar mucho. Las gentes de Dogville han experimentado una sensación de poder a la que no estaban acostumbrados, y han descubierto que les gusta. Con la llegada de la policía buscando a Grace, se creen con derecho a exigir una recompensa a cambio de, contra su conciencia, seguir ocultando a la fugitiva, que además es descrita como peligrosa. Por tanto, deciden alargar su jornada y reducir sus honorarios, cosa que Grace, temerosa de lo que pueda ocurrirle si la entregan, acepta sin rechistar, apoyada por Tom, de quien se ha enamorado.
Pronto los primeros signos de egoísmo, crueldad y sentimiento de superioridad aparecen en los vecinos. Conscientes ahora de su poder sobre la joven, llevan sus exigencias hasta terrenos fuera de toda moralidad, y Grace es maltratada, tanto física como psicológicamente, e incluso violada.
Cuando la situación se hace insostenible y todo el pueblo está en su contra, decide huir, pero incluso Tom la traiciona, y la capturan.
Una vez de vuelta en el pueblo, la someten a las mayores vejaciones imaginables, encadenada como un animal, usada para satisfacer la lujuria de los hombres del pueblo… para encubrir sus actos, los vecinos la culpan de todo lo que ocurre (el “acostarse” con un hombre casado, el pegar a un niño) y el último vínculo entre el pueblo y la joven se rompe a la vez que las figuritas de porcelana.
Como respuesta a tales actitudes, Grace apela a su convicción de la naturaleza benevolente del ser humano, a su miedo a lo que le esperaría si la entregasen y, perdida toda dignidad, relega los pensamientos sobre lo que le está ocurriendo al lugar más recóndito de su mente.
El odio (disfrazado de disculpas) que los vecinos la profesan por haberse rebelado ante su mando y por ser conocedora de sus mayores debilidades se une al temor de la presunta peligrosidad de Grace, y tras las reveladoras palabras que Grace dirige a Tom cuando se niega a acostarse con él, Tom, su último “aliado” (que apelaba a un amor basado en la lógica y, por tanto, no demasiado entregado), decide deshacerse de ella, y llama a los gangsters para entregarla.
Cuando estos llegan, la conversación que Grace mantiene con su padre (el jefe del grupo que la buscaban) le lleva a admitir su arrogancia al creer que refugiándose en su escala moral y su capacidad individual para perdonar iba a hacer de los vecinos de Dogville mejores personas. Una vez dado este paso, todos los pensamientos y deseos de venganza que había ido haciendo a un lado se combinan y, en una posición de poder con respecto a los habitantes de Dogville, decide acabar con las vidas de todos ellos y acabar con ese pueblo, cuyos habitantes en última instancia son tan solo seres humanos, y nos representan a todos. Sin ningún remordimiento.
Mientras veía la peli, sentía una inquietud creciente. Me ha gustado mucho, porque me ha hecho pensar… nada tranquilizador, por otra parte. Dogville ahonda en lo más rastrero del ser humano, y lo hace a través de personajes de a pie, que presentan un amplio rango de personalidades para que todos nos podamos sentir identificados en algún aspecto con ellos. Que el poder corrompe lo sabemos todos, pero hasta que punto podemos llegar por ello es una cuestión que raramente nos planteamos. Y el poder no tiene por qué presentarse a gran escala, no… y me pregunto: si alguna vez me encuentro en un laboratorio, trabajando con ADN y siguiendo una línea de investigación que se encuentre en el límite de lo moral, ¿seré capaz de atenerme a las reglas, y de ceñirme a mi concepción de lo correcto, o por el contrario, el poder que tendría en ese momento y la ambición de llegar donde nadie antes ha llegado antes –aunque se oculte tras buenas intenciones- me vencerán? Inquietante.
No he podido evitar acordarme de It. Esa sensación de que no se puede adjudicar a nadie la responsabilidad de lo que ocurre, sino que es la comunidad en sí (la unión hace la fuerza) la que los capacita para ejercer tanto poder y desencadenar tanta maldad…
En el mundo hay lugar para todo el mundo, pero la convivencia siempre provoca roces. Todos somos ambiciosos, todos aspiramos a algo, tenemos sueños… ¿hasta dónde somos capaces de llegar por esos sueños? ¿Pasaremos por encima de los demás? ¿Sacrificaremos nuestra propia dignidad?
¿Existe el altruismo, o en última instancia siempre obramos en beneficio propio?
Parece que todo son preguntas. Si yo tengo la ambición de Tom, el orgullo del ciego, si a veces experimento la lujuria de los personajes, si incluso en ocasiones me siento tan “buena” como Grace… ¿de qué sería capaz en una situación extrema?
El ser humano cae muy bajo, como simboliza el director al final de la película, al otorgar al perro (antes dibujado en el suelo) la misma forma que los humanos tenían.
Si bien no toda la esperanza está perdida, porque se requiere una conjunción de circunstancias extremas para llegar a lo que los personajes de la peli llegan… espero no encontrarme nunca con una pistola en la mano.

Escrito por Cristina Balbás Martínez
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