Se acabó... el viernes por la noche, subimos al autobús último modelo de Mahindra... todo el colegio salió a despedirnos, y el autobús arrancó entre cánticos (aquel entrañable "I like the flowers...") y gestos con los brazos... THE END. No, no era el final, ni mucho menos. Después de las 5 horas de autobús necesarias para cubrir los escasos 200 km entre MUWCI y Mumbai (Bombay), llegamos al aeropuerto. Tras quinientos mil controles, cacheos, identificaciones de equipaje, preguntas que responder y estúpidas colas en el mostrador de embarque, llegamos al avión (el primero). En un par de horas nos plantamos en Colombo (Sri Lanka). Más espera, más colas, más prisas... y montamos al siguiente avión (este tenía tele -aunque la mía no funcionaba, fíjate que suerte- y juegos, pero me aburrí después de ganarle doce veces al ordenador jugando a las damas). Segundo desayuno del día (es lo bueno de los aviones), alguna cabezadita que otra y... LLEGAMOS (a Bangkok, Tailandia). No cambiamos de avión, pero tuvimos que esperar una hora antes de volver a despegar, esta vez rumbo a Hong Kong. Como había muchos asientos vacíos, me senté al lado de Laura (mucho mejor que con el hindú del principio, que olía fatal), aunque se durmió y no me dió demasiada conversación.
Comimos otra vez, tuve tiempo de sobra para desesperarme y maldecir los aviones... pero como siempre, todo se acabó, y aterrizamos en Hong Kong, tras más de 10 horas de avión (sin contar esperas entre medias). Otra vez esa agradable sensación al entrar por el mostrador de los "Hong Kong residents" y dejar boquiabiertos a todos los turistas en la laaaarga cola de los "visitors".
Tras recoger el equipaje, los latinos (Laura, Adriana, Nicole y yo) nos adueñamos del baño del aeropuerto (jaja, casi casi como en aquella peli titulada "Terminal"). Nos pusimos guapas (todo lo que nuestras ojeras de casi-dos-días-sin-dormir nos dejaron) y... ia disfrazarse! Las muy imprudentes de nosotras nos habíamos apuntado a ese Carnaval latino que organizaba la Asociación de Mujeres de Habla Hispana en Hong Kong (presidida por la madre de Mario, uno de los mexicanos de primer año en LPC, hijo del cónsul de México en HK por más señas). Y era cosa de lujo, cómo no... nos habían pagado la "invitación" (500 HK$, es decir, unos 50 €...), así que había que ir, por muy cansadas que estuviéramos. El primer autobús fue un show, Laura y yo nos pusimos el shari que nos habíamos comprado en la India (a falta de otro disfraz mejor) mientras esperábamos en la parada del aeropuerto, y Nicole y Adriana se pusieron ropa hindú en el autobús... en fin, la clase de locuras que una hace porque está en HK y no la conoce nadie...
En la estación de autobuses (para coger el segundo bus), nos encontramos con Julio, Marilú, Anita, Bruno, Eugenia, Pancho, Paulina... que resulta que iban al mismo sitio que nosotras (la cosa es que nosotras llegábamos unas 2 horas tarde, justificadas porque acabábamos de aterrizar... pero ellos llevaban un buen rato ya en HK. iPuntualidad latina!).
Nos subimos al otro bus, y por fin llegamos. Nos tocó bajar miles de escaleras con las maletas y subirnos a un botecito (el Royal Hong Kong Yacht Club está en una isla) que nos llevó hasta el Club en cuestión (menudo lujo).

La gente, de carnaval, pero a lo fashion fashion (como estos que se ven en las películas con disfraces súper currados -por supuesto, nada caseros- que les deben de haber costado un pastón, todo puestos con miles de complementos, y pasando todo el frío que fuera necesario -en HK había unos 10ºC de temperatura, yo me puse el shari encima de mi ropa... veías a las que iban vestidas de árabes con un top que les tapaba las tetas y gracias).
Eso sí, la comida genial (unas ostras...), recién cocinadita, con buen pan (cosa casi imposible en HK), salsas... nos sentamos a la mesa y tuve que dudar (por primera vez en mi vida... excepto en alguna boda, creo) ante la difícil decisión de qué cubiertos usar para hacerme mi bocata de salmón ahumado... vamos, que yo me mimetizo completamente en esos ambientes ;-D
Después, como en toda fiesta latina que se precie... a bailar. Y yo, con ese oído que Dios me ha dado (mi profe de solfeo acostumbraba a decirme que tengo una oreja enfrente de la otra), ponía mi mejor sonrisa de maniquí y me escaqueaba como podía (léase a beber agua, hablar con ese venezolano que estudió en el UWC de noruega hace más de 20 años, que hay que ver lo pequeño que es el mundo...). Después de tropecientas canciones, por fin paramos un poco a tomar los postres (y gastar el cupón del "trago" que nos habían dado, no estaba mala aquella margarita). En la mesa, unas risas... había globos atados a todas las sillas... nos dedicamos a desatarlos, abrir agujeritos pequeños, aspirar el aire y hablar con nuestra mejor voz de Pitufo. Bendito helio... y es que seguimos teniendo 17 años... y aún podemos permitirnos esas tonterías, jaja.
A eso de las 12 desertamos, porque nos moríamos de sueño. Quisimos hacer el truco de siempre en el autobús (recolectar moneditas de poco valor, hasta que pareciese algo, y entrar al bus rápido, para que al conductor no le dé tiempo a contar cuántos somos ni el dinero que estamos pagando en realidad), pero nos salió rana. Supongo que era demasiado obvio (la mitad de las monedas eran extranjeras: rupias de India y Bali, bhats de Tailandia... coño, acabábamos de volver de Project Week...). Decían que en las nuestras ponía India en un tamaño demasiado visible.

A eso de las 2 y pico llegamos (tras esperar un buen rato helándonos para coger el segundo autobús), firmamos como que entrábamos a la 1 (jeje, es que estaba Sunny en la puerta) y a la camita...